En ocasión de celebrarse hoy el natalicio 230 del héroe de América, nada mejor que "escucharlo" directamente, y para ello tenemos la fuente lamentablemente no muy difundida, no muy exitosamente diseñada tampoco, me temo, pero producto innegable de un arduo trabajo, que es la página de Internet del
"Archivo del Libertador", publicada por el Archivo General de la Nación y el Ministerio del Poder Popular para la Cultura de la República Bolivariana de Venezuela. Con gran fortuna mía, luego de lidiar con el fastidioso diseño cuyo intensivo uso del flash la hace pesada e inútil para ponerla al alcance de la mayoría de los dispositivos móviles de hoy, topé con este texto sin desperdicio. Lamentable e inexplicablemente la página destinada a la difusión de la obra y pensamiento del prócer no cuenta con opción de descarga, por lo que recurrí al viejo "copy - paste" para traerla aquí. Y debido a su indexación dentro de flash, enlazar con la página a un contenido exacto también es una pesadilla. Pero la riqueza de su contenido compensa con creces estas deficiencias.
A pesar de las dudas que los historiadores manifiestan sobre la autenticidad de este documento, encuentro sumamente interesante por la variante humana,
romántica (en el estricto sentido de la época que le tocó vivir al Libertador) e incluso mundana que este documento añade a la figura mítica y a veces un tanto acartonada del prócer. Al igual que los llamados
"Evangelios Apócrifos" nos dan una imagen diferente y enriquecedora del Jesús bíblico, esta carta, con todas su incertidumbre nos presenta un Bolívar con el que es imposible no sentir simpatía, salvo quizá para los más ortodoxos amantes del bronce de las estatuas, el acero de las espadas y las purezas ideológicas, a quienes este Bolívar joven, mundano, romántico y pueril podría incomodar o escandalizar.
Me pareció muy significativa en este texto la frase "Todos nosotros somos los juguetes de la fortuna; a esta grande
divinidad, la única que reconozco, es a quien deben atribuirse nuestros
vicios y nuestras virtudes." Lo de "la única que reconozco" podría ser fuente de intensos debates e investigaciones.
Son conocidas también todas las especulaciones sobre la relación entre Simón Bolívar y la destinataria de la carta, madre de la más famosa pensadora (filósofa más bien, pero aún el machismo castellano hace que esta palabra resulte poco usual en femenino) la francesa
Floria Tristán, basta una superficial búsqueda en Internet para que encontremos que
incluso algunos le atribuyen a Bolívar su paternidad. En fin, eso también hace a Bolívar inagotable: las fronteras entre lo mítico, la leyenda y lo histórico en su figura tienden a ser difusas, lo que encuentro fascinante. Así que, cierta o no, me parece que lo que describe esta carta es material excelente para cualquier fabulación ulterior (cuento, novela o cine), además que nos pone a pensar en este hombre excepcional en el contexto de su tiempo, sus circunstancias y su desbordante humanidad.
Aquí la carta tal como la copié traducida del francés del sitio oficial:
Archivo del Libertador
http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/inicio.php
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| Bolívar en 1804 (Wikipedia) |
DOCUMENTO 24. CARTA DATADA EN PARÍS, PROBABLEMENTE DE 1804, EN LA QUE ESCRIBE FANTASIOSAMENTE A UNA AMIGA (TERESA LAISNEY DE TRISTAN) SOBRE SUS PREOCUPACIONES JUVENILES Y SUS RELACIONES CON SIMÓN RODRÍGUEZ*
Traducción.
[París, 1804?]
(A la señora Teresa Laisney de Tristán).
Querida señora y amiga: Tiene Vd. razón: si quiere saber algo de mí,
es preciso que se resuelva, a escribirme; de esta manera me veré
obligado a contestarle, lo cual será un trabajo agradable para mí. Digo
trabajo, y es la palabra exacta, porque todo lo que me obliga a pensar
en el mismo asunto, aunque sea sólo por diez minutos me fatiga la
cabeza, hasta obligarme a dejar la pluma o la conversación para tomar
el aire en la ventana.
Daría, mucho, dice Vd., por saber quién ha podido hacer del "pobre
chico Bolívar" de Bilbao, tan modesto, tan estudioso, tan "económico",
el Bolívar de la calle Vivienne 1, tan murmurador, perezoso y pródigo.
¡Oh! Teresa, mujer imprudente, a quien, no obstante, nada puedo negar,
ya que ha llorado conmigo en los días de duelo; ¿por qué quiere Vd.
imponerse de este secreto? Cuando sepa Vd. la clave del enigma, ya no
creerá en la virtud. . .
¡Ah, cuan espantoso es dejar de creer en la virtud! ¿Quién me ha
"metamorfoseado"? ¡Ay! Una sola "palabra", palabra mágica que el sabio
Rodríguez no debía haber pronunciado jamás. Escuche, puesto que quiere
saberlo.
Vd. recordará en qué estado de tristeza había yo caído cuando la dejé
para ir a reunirme con Rodríguez en Viena2. Yo esperaba mucho del trato
con mi amigo, con el compañero de mi infancia, el confidente de todas
mis alegrías, de todas mis penas, el mentor cuyos consejos y consuelos
han ejercido siempre tanto imperio sobre mí. ¡Ay!, en esta
circunstancia su amistad fue estéril. El único amor de Rodríguez han
sido siempre las ciencias. Mis lágrimas lo afectaron porque él me quería
sinceramente, pero no las comprendió. Lo hallé muy ocupado con un
gabinete de física y química que formaba un noble alemán y en el cual
estas ciencias debían ser demostradas públicamente por Rodríguez. Yo lo
veía apenas una hora al día. Cuando lograba reunirme con él, me decía
muy de prisa: Mi amigo, diviértete, haz amistad con jóvenes de tu edad,
vete al teatro; en fin, debes distraerte: es el único modo de curarte.
Comprendí entonces que algo le faltaba a este hombre, el más sabio, el
más virtuoso, y sin duda alguna, el más extraordinario que se pueda
encontrar. Pronto caí en un estado tal de consunción que los médicos
declararon que iba a morir. Era lo que yo deseaba. Una noche, estando yo
muy mal, Rodríguez velaba a mi lado con mi médico; ambos hablaban en
alemán. Yo no comprendía una palabra de lo que decían; pero, por su
tono, por su fisonomía, me di cuenta de que su conversación era muy
animada. El médico, después de haberme examinado cuidadosamente varias
veces, se marchó. Tenía todo mi conocimiento y, aunque muy débil, podía
sostener todavía una conversación. Rodríguez se sentó cerca de mí. Me
habló con esa bondad afectuosa que me ha manifestado siempre en todas
las circunstancias graves de mi vida; me reconvino con dulzura que yo me
dejase morir y lo abandonase en mitad del camino. Me hizo comprender
que el amor no lo era todo en la vida de un hombre, y que la ciencia y
la ambición podían hacerle a uno muy feliz. Vd. sabe con qué persuasiva
seducción habla este hombre; aunque dijera los sofismas más absurdos,
uno se sentiría llevado a creer que tiene razón. Me persuadió, como
consigue hacerlo siempre que quiere. Viéndome entonces un poco mejor,
me dejó, y el día siguiente transcurrió con exhortaciones parecidas. Esa
noche, mientras trataba de influenciarme exaltando mi imaginación con
cuanto podría yo hacer de bello, de grande, sea por las ciencias o por
la libertad de los pueblos, le dije: Sí, sin duda, yo siento como Vd.
que podría lanzarme en las brillantes carreras que Vd. me presenta,
pero para ello tendría que ser rico: sin medios de ejecución no se llega
a nada; y lejos de ser rico, soy pobre, y estoy enfermo y abatido. ¡Ah!
Rodríguez, prefiero morir!. . . Y le tendí la mano para suplicarle que
me dejara morir tranquilo. Un cambio súbito se operó en la fisonomía de
Rodríguez; quedóse por un instante indeciso, como un hombre que vacila
acerca del partido que debe tomar. De repente, elevando los ojos y las
manos al cielo, exclamó con voz inspirada: "¡Está salvo!" Se acercó a
mí, tomó mis manos desfallecientes entre las suyas que temblaban y
estaban bañadas en sudor, y me dijo, con un tono de voz que no le
conocía: "¿Así, mi amigo, si fueses rico consentirías en vivir? Di,
responde, contéstame!" Sorprendido, yo no sabía lo que esto
significaba, y dije que sí. ¡Ah!, exclamó él otra vez: ¡estamos
salvados! Por fin el oro sirve, pues, para algo! ¡Pues bien! Simón
Bolívar, eres rico! "Tienes actualmente cuatro millones..." No le
describiré, querida Teresa, la impresión que me produjeron estas
palabras, "¡tienes actualmente cuatro millones...!" Aun siendo tan
espléndida nuestra lengua española, resulta, como todas las demás,
impotente para traducir semejantes emociones. Los hombres las
experimentan rara vez; sus palabras corresponden a las sensaciones
corrientes de este mundo; la que yo sentí era sobrehumana; estoy
admirado de que mi organismo haya podido resistir.
Me detengo: el recuerdo que acabo de evocar me abruma. ¡Oh!, ¡cuan
lejos están las riquezas de dar los goces que ellas hacen esperar! . . .
Estoy bañado en sudor, y más fatigado que nunca lo estuve después de
mis más largas marchas con Rodríguez. Voy a bañarme. Iré a buscarla
después de la cena para ir al Teatro "Francés" 3. Pongo, sin embargo
como condición que Vd. no me preguntará nada, y me comprometo a
continuar esta carta después del espectáculo.
SIMÓN BOLÍVAR.
Rodríguez no me había engañado: yo tenía realmente cuatro millones.
Este hombre extraño, que no tiene orden en sus propios negocios, que se
endeuda con todo el mundo sin pagar a nadie, que con frecuencia se ve
reducido a carecer de lo más necesario, este hombre ha administrado con
tanta habilidad como integridad la fortuna que mi padre me dejó, y la ha
aumentado en un tercio. Sólo ha gastado en mi persona veinte y ocho mil
francos durante los ocho años que he estado bajo su tutela.
Ciertamente, él ha debido poner mucho de su parte. A decir verdad, la
manera como me hacía viajar era muy económica; él no ha tenido tampoco
que pagar facturas muy elevadas a los sastres por mi vestimenta; y mi
instrucción no era objeto de gastos puesto que él era mi maestro
universal.
Rodríguez pensaba haber hecho nacer en mí pasiones intelectuales
que, orgullosas dominadoras, regirían como esclavas a las de los
sentidos. El imperio que sobre mí tomó mi primer amor, no lo había
espantado menos que los dolorosos recuerdos que me condujeron a las
puertas de la tumba, y se lisonjeaba de que mi antigua dedicación a las
ciencias iba a desarrollarse al disponer yo de medios para hacer
descubrimientos, y que la jamas sería en lo sucesivo el único objeto de
mis pensamientos. ¡Ah! El sabio Rodríguez se engañaba: me juzgaba
demasiado a su imagen. Yo acababa de cumplir veinte y un años,
difícilmente podía él mantenerme por más tiempo en la ignorancia de mi
fortuna, pero me la hubiera hecho conocer gradualmente, y de eso estoy
seguro, si las circunstancias no le hubiesen obligado a revelármela de
una vez. Yo no había deseado nunca la riqueza; ella me llegó
inesperadamente; yo no estaba preparado para resistir a la seducción de
su goce, y me abandoné por completo a él. Todos nosotros somos los
juguetes de la fortuna; a esta grande divinidad, la única que reconozco,
es a quien deben atribuirse nuestros vicios y nuestras virtudes. Si
ella no hubiese puesto un inmenso caudal en mi camino, servidor celoso
de las ciencias, amigo entusiasta de la libertad, la gloria hubiese sido
el único objeto de mis pensamientos, el único fin de mi vida. Los
placeres ni siquiera me han cautivado, sino de una manera superficial.
La exaltación no ha durado mucho: el hastío la ha seguido de cerca.
Dice Vd. también que me atrae más el fausto que los placeres. Convengo
en ello; y es, me parece, porque aquél tiene un falso aire de gloria.
Rodríguez estaba lejos de aprobar el uso que yo hacía de mi fortuna;
le parece bien que uno se arruine con instrumentos de física y
experimentos químicos, pero no cesaba de vituperar los gastos que yo
hacía en lo que él llama necias frivolidades. Desde entonces, me
atreveré a confesarlo, desde entonces sus reconvenciones me
fastidiaron, y me marché de Viena para librarme de ellas. Me dirigí a
Londres4, donde gasté ciento cincuenta mil francos en tres meses. Me fui
luego a Madrid, donde sostuve un tren de príncipe. Hice lo mismo en
Lisboa [
5].
En fin, en todas partes ostenté el mayor lujo y prodigué el oro a la
simple apariencia de los placeres, pero en medio de todos estos
placeres permanecí frío.
Hastiado de todas las grandes ciudades que había visitado, he venido a
París con la esperanza de hallar tal vez aquí lo que no he encontrado
en ninguna parte, "un género de vida que me convenga". Pero, Teresa, yo
no soy un hombre como los demás, y París no es el lugar que pueda poner
término a la vaga incertidumbre que me atormenta. Hace sólo tres
semanas que he llegado, y ya estoy aburrido [
6].
He aquí, querida amiga, cuanto tenía que decirle acerca del pasado;
respecto al presente, no existe para mí, es un vacío completo donde ni
un solo deseo puede nacer, y que no deja ninguna huella en mi memoria.
Será el desierto de mi vida. Apenas un ligero deseo aflora en mi mente,
lo satisfago al instante y lo que he creído desear sólo resulta, cuando
lo poseo, un motivo de desagrado. ¿Los perpetuos cambios que son el
fruto de la casualidad, llegarán a reanimar mi vida? Lo ignoro; pero si
esto no sucede, volveré a caer en el estado de consunción de que me
había sacado Rodríguez al anunciarme que yo tenía cuatro millones. Sin
embargo, no crea Vd. que me rompo la cabeza en vanas conjeturas sobre
el porvenir. Únicamente los locos se pierden en estas quiméricas
combinaciones. Sólo se pueden someter al cálculo las cosas cuyos datos
son totalmente conocidos; sólo en tal caso el juicio, como en las
matemáticas, puede formarse de una manera segura.
¿Qué pensará Vd. de mí? Dígamelo francamente, esto no me corregirá:
creo que hay muy pocos hombres que sean corregibles, pero como es
siempre útil conocerse y saber lo que uno puede esperar de sí mismo, yo
me considero feliz cuando la casualidad me presenta un amigo que me
sirve de espejo.
Adiós, yo iré a cenar mañana con Vd.
SIMÓN BOLÍVAR.
* “Le Voleur”, periódico de París, de 31 de julio de 1838. De un
impreso posterior a la muerte de Bolívar. La Comisión Editora ha tenido a
la vista, para el texto en francés, el facsímil de aquel periódico que
reprodujo el Dr. Marcos Falcón Briceño al final de su obra “Teresa, la
confidente de Bolívar”. “Historia de unas cartas de juventud del
Libertador”, Caracas, Imprenta Nacional, 1955. Para la versión de dicho
texto al español, se ha adoptado la que hizo el Profesor Manuel Pérez
Vila para la obra “Cartas del Libertador”, tomo XII, editadas por la
Fundación John Boulton, Caracas, Italgráfica, C. A, 1959, págs. 10-13.
El Dr. Lecuna publicó en “Cartas del Libertador”, tomo I, pp. 11-16,
una versión española de esta carta, que se suponía dirigida a Fanny
Dervieu du Villars, tomándola de una de las “Leyendas históricas” de
Arístides Rojas. Posteriormente, volvió a insertarla en el tomo X, pp.
395 y siguientes, junto con otras dos cartas, una que se creía dirigida a
Denis de Trobriand, y otra a la misma Fanny: estos documentos estaban
incluidos en un artículo titulado Cartas del General Bolívar, que había
aparecido en un periódico limeño, El Faro Militar, de junio de 1845. En
el tomo X, Lecuna reproduce íntegro el artículo, haciendo esta vez, como
la anterior, serias reservas acerca de la total autenticidad de los
documentos cuya paternidad se atribuía a Bolívar: para Lecuna, es
posible que estas cartas "no hayan sido traducidas fielmente"; pero,
agrega, ellas "contienen juicios y conceptos que permiten creer que
estas versiones son realmente tomadas de cartas auténticas, admitiendo
al mismo tiempo que han sido en parte adicionadas o alteradas" ... "hay
frases y expresiones propias de Bolívar y otras destinadas a producir el
efecto que se deseaba cuando se hizo la publicación de ellas". Respecto
al artículo intitulado Cartas de Bolívar, señala también el Dr. Lecuna
los muchos y graves errores que contiene. (Véase: Cartas, tomo I, pp.
14-16; tomo X, pp. 395-409); tomo XI, pp. 4-12, y “Simón Bolívar, Obras
Completas”, edición 1947, I, p. 20-26.) En 1955, el distinguido
historiador venezolano Marcos Falcón Briceño demostró en su estudio
Teresa, la confidente de Bolívar, que las cartas no habían sido
dirigidas, como se creyó, a Fanny du Villars y a Denis de Trobriand,
sino a Teresa Laisney y a su esposo Mariano de Tristán, una hija de los
cuales, Flora Tristán (1803-1844) publicó en 1838, en el periódico “Le
Voleur”, de París, un artículo titulado "Lettres de Bolívar", que fue el
origen de las publicaciones de “El Faro Militar”, de Arístides Rojas,
Lecuna, etc. La monografía del Dr. Falcón Briceño es concluyente a este
respecto, y su lectura indispensable a quien desee imponerse del tema.
La Comisión ofrece ahora al lector el texto completo, en francés, de las
cartas atribuidas a Bolívar que Flora Tristán publicó en “Le Volear”,
así como la versión castellana de las mismas, tomada de la obra citada
más arriba, pero haciendo suyas, sin embargo, las reservas de Lecuna y
de Falcón Briceño sobre las contradicciones y errores que no permiten
aceptar la total autenticidad de estos documentos.
Notas
[
1] Calle de París, ubicada cerca del Palais Roy al.
[
2] Se refiere sin duda a la capital de Austria. Debe decirse, sin embargo,
que ningún otro documento confirma que Bolívar hubiese visitado esta ciudad.
[
3] Es decir, al llamado Théátre Franfais.
[
4]
Como en el caso de Viena, debe observarse que ninguna otra fuente
permite asegurar que Bolívar hubiese estado en Londres antes de 1810,
cuando llegó a aquella ciudad como Agente Diplomático de la Junta de
Caracas.
[
5] Lo dicho acerca de Viena en la nota 2, se aplica también a Lisboa.
[
6] De tomar al pie de la letra estas palabras, la carta debería fecharse
hacia fines de mayo de 1804, pues Bolívar había llegado a París a comienzos de ese mes.